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28 de marzo de 2013

Areneando ll - Transitando el Otoño




Y durante muchos meses, tantos como ha durado el otoño y la mayor parte del invierno, la actividad fue decayendo.
De gris, con breves pinceladas de colores tono pastel, se podría definir esta temporada.
Como el tiempo. Un otoño prolongado, en el que el invierno ha estado poco presente, salpicado de días soleados y poco frío.

Que lo vea así también influye mi estado de ánimo que fue de capa caída hasta bien entrado enero, por lo que es bastante probable que no viviera con tanto interés las experiencias que iba encontrando.

Días sin nada que contar, en los que entraba en el cine, y salía tal cual, con apenas roces, y menos mamadas.
Otros en el que si bien algo ocurría, eso bien poco intenso como para contarlo, y alguno otro que si bien podría haberlo narrado, no me encontraba con las suficientes ganas para hacerlo. Llamémoslo pereza, desidia, tristeza. No importa.

Momentos que se desdibujaban conforme pasaban los días, que al no ser anotados, se confundían entre ellos, se borraban los ratos de aburrimiento y hastío, y permanecían los recuerdos agradables como ascuas en la oscuridad.

Así recuerdo una aburrida tarde en que fuí esquivando a Antonio, más que nada porque era muy previsible lo que fuera a ocurrir, pero que ya de últimas, y viendo que nada ocurría, me hice el encontradizo.
Nos enrollamos. Le calenté al punto de ebullición, arrodillado y lamiéndole con fruicción los huevos, su leche salió disparada como un géiser, saltando por encima de mi y cayendo más allá de mi desnuda espalda.
Sin embargo, aquella tarde no acabó así, sino con una aceptable follada de una bonita, aunque no especialmente sabrosa polla, de un tipo que por allí andaba.

O la de un susurro en el oído, mientras estaba de pie en el minicine apoyado en la pared, y que me sugería seguirle al lavabo, cosa que hice, pero que una vez allí, y yo con los pantalones bajados, me suelta con la conocida frase de alguna ocasión anterior..."Uy, esta muy estrecho. Mejor no te follo", y se va. Y es para soltarle: "Pues trabájatelo un poco, gilipollas!".

Pero uno es educado y no dice esas cosas.


22 de marzo de 2013

Areneando l - Momentos




Lejos queda aquel día perdido a finales del verano.

A los dos segundos de entrar ya estaba mamando.
Intuía, más que veía, a bastante gente. La vista no se me había acostumbrado todavía a ese grado de penumbra.
Alguien me cogió por la nuca y empujó hacia sus bajos.
No sabía quién era, pero yo sabía lo que tenía que hacer. 
No sé si por haberme reconocido, había actuado con tanta seguridad, pero de lo que quería no cabía duda.
Apenas había comenzado, cuando otra polla se me ofrecía a escasos centímetros.
Muy posiblemente los dos ya estuvieran liados, porque tanta rapidez no suele ser frecuente.
Así que me dispuse hacerle una faenita a ambos, alternativamente.
No recuerdo como acabó, si se corrieron, uno o los dos, o se fueron porque se cansaron. Lo que sí recuerdo es que cuando me incorporé a una posición más decente, y cómoda, bien sea dicho de paso, y me quedé "sólo", un par de manos me agarraron y atraparon de nuevo, largo y tendido no parando de sobar, magrear y pajear.
De allí salí ya cansado, pues para empezar la tarde había sido demasiado trajín. No quería correrme, pero cuando ví que ya habían pasado tres cuartos de hora, pensé que bien lo podía haber hecho y dar por resuelta la tarde. Me hubiera quedado diez minutillos más, y luego a casa.
Pero me fuí al otro cuarto oscuro. Con la vista ya amoldada a las sombras, ví que también estaba bastante concurrido, al menos en ese momento.
Allí estaba Luis que no dudó en comenzar a juguetear con mis pezones. 
Me pasé la camiseta por detrás del cuello, pero sin llegar a quitármela, para facilitarle el trabajo. 
Otro tío se animó a toquetear, y otro se dispuso a mamármela aprovechando que estaba bien distraido con la estimulación de pezones y caricias que iba recibiendo.
La temperatura aumentaba, y el calor comenzaba a agobiar. Me quité la camiseta.
Empezaba a perder el control y me dejé hacer.
Luis sacó su botellita de poppers y me ofreció. No era muy fuerte, pero tenía el puntito para darte un pequeño subidón.
Apareció un tío conocido con el que había estado un par de veces, pero sin llegar a considerarlo como uno de los habituales, se puso a acariciarme desde detrás, mientras sentía su aliento recorrer mi cuello.
Estaba envuelto en la locura del placer. 
Pezones presionados, lamidos, mordisqueados; manos anónimas recorriendo brazos, piernas, nalgas; mi piel extrasensible y receptiva; mi polla mamada y succionada por una desconocida, cálida y húmeda boca, ...
Y sentí como la polla de ... entraba sin ningún tipo de rubor, vergüenza, ni resistencia, en mi relajado y distraido culo.
Había conseguido uno de mis deseos más ansiados, perder el control y dejarme llevar por lo que me hicieran. Pero tan pronto consiguió penetrarme, me agobié en extremo y sentí la urgente necesidad de huir.
Se la saqué y como pude, agachándome y recogiéndome los tejanos, y apartando no sé si bruscamente, pero sí inesperadamente para la concurrencia, salí de aquella merienda de negros, como bien pude, caminando con los pantalones a media pierna y la camiseta en la mano.
La líbido cayó en picado y ya no remontó en el resto de la tarde.

Fué una tarde intensa como pocas, aunque sin final feliz.


15 de marzo de 2013

...y algunas pocas tardes más.





Había pasado poco más de un mes, pero esta vez no era mediodía, sino media tarde.

Me sorprendió encontrar la sauna tan abarrotada de gente.
Bueno, a buen seguro que no estaba a tope de su capacidad, pero si era la vez que más público había encontrado.
Sin contar los que estaban en el vestuario, ni los que estaban entretenidos en el bar charlando y tomando algo, en un recuento rápido, había por lo menos unas 40 personas.
El primer impulso fue pensar en que esa tarde podían pasar muchas cosas, pero enseguida volví a la realidad, pues mucha gente, no es garantía de nada, como bien lo acredita la experiencia.

Después de una primera ducha para ahuyentar las malas vibraciones acumuladas durante el día, y de un secado rápido, me aventuré en la zona más oscura de la sauna.

No había llegado hasta el final del recorrido, cuando unas manos me rodearon el pecho desde atrás, pellizcándome los pezones, uno de mis puntos débiles.
Obviamente me dejé hacer, y pronto ambas manos comenzaron delicadamente a recorrer todo mi cuerpo, deteniéndose y deleitándose en aquellos puntos que más vibraban con el estimulo manual.

Continuaron su recorrido, repitiendo de vez en cuando algún rincón de mi anatomía hasta que finalmente descansaron en paraleo, una en la polla, otra en las nalgas.


La de la polla comenzó un tranquilo, suave y continuo pajeo. La del culo, en perfecta armonía, magreaba las posaderas, mientras uno de sus rebeldes y curiosos dedos iniciaba su camino urgando en viciosos círculos y penetrando en oscuras, húmedas y cálidas intimidades, tal vez con la voluntad de ir acomodando el terreno para visitas más recias y abultadas.

O tal vez era mi deseo que así fuese, pero mano y dedo continuaron sus quehaceres.
El pajeo continuó, a la par que el dedo en el culo, durante largo rato.
Por muy bien que estuviera y gusto que recibiera, no me apetecía correrme tan temprano, y menos con una paja y una estimulación digito-anal.

No me gusta que sólo pretendan pajearme para sacarme la leche, como parecía ser el caso. Como parte de un todo, sí, pero no como un único objetivo.
Me aburre, y para eso, me la hago yo, que me sale mejor.

Así que, con tacto, conseguí liberarme.

    - Es que acababa de llegar y no me apetece correrme todavía, - le dije.

Me dí cuenta al acabar, que durante ese rato, mucha gente ya se había ido.
Hubo como una deserción masiva, y en la sauna quedamos el número normal que a esas horas de la tarde, de un día laboral cualquiera suele haber.

Después de hacer el circuito de sauna de vapor, sauna seca, jacuzzi y minicine, volví a la zona de los gloryholes a ver si tenía fortuna.

Estuve el rato suficiente para cansarme. Apenas entraba nadie al cuarto oscuro, y menos aún, al rincón de los agujeros de la gloria.

Sólo uno de los escasos tíos que llegaron a entrar, se le ocurrió meterme mano y acariciarme los cojones durante unos segundos.
Nada más.

Volví al minicine, y allí, un señor muy entrado en años y suelto en carnes, se dispuso a ofrecerme su pichilla.
Objetivamente, y sin ánimo de ofender era así.
Si quería merienda, era de lo poco que quedaba, así que me puse a la tarea, que bien poco duró, afortunadamente, ya que casí fue rozarle con los labios y escurrirse hacia un lado.

Y con hambre me hubiera quedado de no ser por otro señor, de menos años y más prietas carnes, que viendo la escena hizo de buen samaritano y me dió de su longaniza.
Tampoco duró más allá de unos minutos, valga decir.

Con todo, una triste tarde.

Como tristes tardes fueron las ocasiones que acudí durante enero y febrero.
Cierto es que estos últimos meses han sido, anímicamente, de los peorcitos en muchos años, y de eso más que seguramente se debía reflejar de alguna manera en mí.
No solamente en la sauna, sino también en el Arenas, todas las tardes que iba resultaron de muy baja intensidad.
Tardes de sequía, poca actividad o de alguna mamada poco gratificante.

Una de las tardes, lo más destacable que me pasó fue una supuesta monta. Y recalco lo de supuesta porque a ojos ajenos que observaron, bien les parecía que me estuvieran follando, pero el tío, a pesar de los empujes, ni se le ponía dura.

Y otra tarde, lo más emocionante fue ver como un jovencito oriental, o eso parecía, por lo de joven, no por lo de oriental que eso estaba claro, se follaba salvajemente a uno en la sauna de vapor, que por suerte esa vez, poco vapor había para beneficio de todos los presentes.
Para los actuantes, porque con tanta fogosidad no hubieran aguantado tanto calor, y para los observantes, el poco vapor nos facilito ver el espectáculo.

Parece que los ánimos, con los últimos coletazos del invierno, vuelven tímidamente.

Marzo está siendo distinto...
Pero eso de aquí a varios posts.