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15 de junio de 2015

Visitas al cine Arenas




A finales del pasado año tomé la decisión de dejar de ir al cine Arenas de manera habitual.
De pasar a un vez por semana, a hacerlo de manera ocasional.
Y en estos seis meses de lo que llevamos en curso del 2015, de hecho, sólo en dos ocasiones, en semanas consecutivas he vuelto.

Ambas fueron ya en Abril, después del calentón que pillé para Semana Santa y que a pesar de lo relatado en el post anterior, no había conseguido del todo rebajar la temperatura interna.

El tufillo del penetrante y dulzón ambientador me recibió desde fuera, metros antes de llegar, y unas ansiosas manos pajeadoras me esperaban dentro.

No me había acostumbrado todavía a la oscuridad, que unas solitarias manos en el vacío cuarto oscuro comenzaron a sobarme el paquete, bajar la cremallera del pantalón, sacarme el miembro y comenzar en extraña postura, desde atrás, con la mano y entre mis patas, una rápida y efectiva paja.

Me dejé ir y en cuestión de minutos me corrí.

- La mejor polla de la tarde,- me dijo cuando consiguió su objetivo: Escurrirla.
- Muy mal debía pintar el panorama para decirme eso,- pensé.

Una rápida vuelta por el cine me daba la respuesta.
Poco más de cuatro gatos.
Así no era difícil ser la polla estrella.

Apenas veinte minutos después de haber entrado y corrido, salía de nuevo por la puerta del cine.

No quería quedarme impregnado del olor ambiental ni perder el tiempo en busca de nada.

Volví a la semana siguiente, prácticamente sin habérmelo planteado.

Esta vez parecía esperarme un pakistaní.
Bueno, al menos de aspecto.
Me siguió nada más entrar al pequeño cuarto oscuro, me agarró por banda el trasero y anduvo sobándolo con auténtico frenesí un buen rato, me desabrochó los tejanos, bajó los pantalones, me arrambó contra la pared opuesta junto a la columna de manera que quedara yo en la sombra y espalda y posaderas iluminadas por la tenue luz llegaba.
Y allí, desde atrás, comenzó a pajearme hasta que encontrando a uno, le cedió el puesto.

Pero el nuevo no me producía ni gusto ni morbo, así que lo dejé.

Poco más tarde volvía.
Un tipo bajito comenzó a mamarme, después de comprobar que me dejaba hacer por él.
Apareció por allí el pajeador compulsivo que a falta de polla que tocar, ya que estaba siendo trabajada por el otro, me hizo inclinar sobre otro para mamársela a un tercero.
Unas expertas manos comenzaron a pezonear mis tetillas desde detrás mío.

Conocían el material.
Eran las manos de Jose.

Dejé de mamar al desconocido y presté mis atenciones a Jose y su compinche.

Las últimas veces que había coincidido con él venía acompañado de un amigo.
Tenían su estrategia para captar a sus "victimas".

Jose pilla al objetivo, lo tantea, magrea, calienta y pone a buen tono.
Su compi se pone a tiro, toca y acaba bajando a mamar, para pasar a mayores cuando uno bien dura la tiene, aproximar el culo para follárselo, cosa que puede ocurrir entre las sombras de alguno de los cuartos o en la intimidad de los lavabos.

Y en esta ocasión no cambiaron el guión.
Pero como su intención era que lo hiciera a pelo, me hice el remolón y acabé haciéndoles una doble mamada, para compensar.
Apuré y me corrí, pues el tiempo me apremiaba.

Mientras me limpiaba, comentaron:

- Te hemos visto antes con el moro (el paqui) y como te sobaba el culo.
- Estos te calientan y mientras estas distraído, te roban la cartera,- prosiguieron, mientras pensaba que bien me lo podrían haber dicho antes y evitar la situación y el riesgo.
- No os preocupéis- les contesté, siempre lo dejo todo en guardarropía,- como la experiencia me había enseñado muchos años atrás, pensé.
No depende de la raza, sino de las manos largas que, amparándose en la oscuridad y lascivia de los cuartos oscuros, proliferan.

Andaba tranquilo y confiado ya para recoger mis cosas e irme cuando me quedé blanco.

Me había desaparecido el tíquet de guardarropía !!!
¿Desaparecido?,¿Robado?, ¿Perdido?... Me daba igual.
El caso es que tal vez hubiera perdido el portátil, el móvil, la cartera, los dineros, la chaqueta, las llaves. Todo.

El terror desapareció cuando con voz trémula pedí la mochilla del nº26 y, sin mayor problema, me la dieron.
Ventaja, quiero pensar, de que si bien no interactúo mucho con los empleados, me conocen de sobra.


5 de junio de 2015

Calentura postvacacional




Después de la experiencia relatada en el post " De mamadas y follada en la Sauna Nova Bruc" de finales de marzo, llegó la Semana Santa.

Cinco días relativamente fáciles de superar si se desarrollan dentro de mi habitual rutina, o si son para realizar unas minivacaciones o escapada largamente deseada, pues mucho mejor.
No supondría ningún problema, pues entre sauna y sauna ( o aventurilla varia), suele pasar entre una semana y diez días.

Pero llevaba el calentón constante de las últimas experiencias sauniles, que habían sido muy satisfactorias, con follada incluida, y esto último en concreto, me deja en un estado de ansiedad y vacío pronunciado.

Vamos, que me deja con el culo más hambriento.

Y esta ansiedad, junto con el verme "forzado" a una escapada de casi reclusión, sin comunicaciones, ni móvil ni internet, dispararon mi calentura a extremos considerables.
No veía el momento de volver.

Bendito fue el momento que oí:

 - Ummm...Veo que tienes el culito ya preparado,- al tiempo que introducían la punta del dedo para llegar a esa conclusión.

Efectivamente, lo primero que hice nada más llegar a mi primera sauna postvacacional, aparte de quedarme en bolas fue lubricarme bien el ojete para tenerlo dispuesto a las batallas que se presentaran.
Si se presentaban, porque eso nunca está asegurado.

El dedo y la voz era del tipo que me había follado la última vez, concretamente la semana anterior.
Me pilló nada más entrar en el cuarto que hay junto al minicine.

Ojo de lince, pues yo no veía ni torta, todavía.

Y allí, sacando el corazón por la boca de pura ansiedad, el maduro lince me echó un rápido polvo.

Obviamente, ni me corrí ni tuve bastante.
Aún era muy temprano.

Me fui a la sauna de vapor, no muy frecuentada, pues apenas si habían dos tìos jóvenes.
Más jóvenes de lo habitual en esta sauna.
Se tocaban con más sensualidad que pasión.

Estaban fuera de mi alcance, eso lo tenía más que claro, así que simplemente me senté en banco de obra, para observarlos a contraluz.

Una bella estampa.

Mi sorpresa fue ver que al gesto de uno, ambos sin dejar de acariciarse se acercaron hacia el lugar donde yo les contemplaba.

Dos jóvenes pollas a disposición de uno es algo muy difícil de resistir, así que les dediqué durante un ratillo la mejor de mis atenciones.
Y cuando me incorporé a estirar mis patitas, fue uno de ellos que se agachó, comenzándome una rica mamada, mientras yo pajeaba y besaba al otro.

Cuando el pajeado se corrió, ambos a la par marcharon.

Me acerqué luego al cuarto oscuro del centro de la sauna y me tumbé en la colchoneta, tal como ya lo había hecho en un par de ocasiones anteriores, narradas en los últimos posts.
Pero esta vez no hubo pollas que mamar, aparte de la mía, a la que uno le dedicó un rato de atención.
Entró, toco un poco y pareció convencerle, por lo que estuvo mamando un rato.
Otros entraron para ver y no hacer nada, y uno que se dispuso a follarse a mi mamador, este lo rechazó.

Se acercaba en momento de irme, y la situación no me motivaba mucho, así que me fuí una última vuelta, casi a la desesperada con la idea de descargar.

Y así me reencontré con Gustavo el Argentino, que no es ni uno ni lo otro, pero me físicamente me recuerda mucho a un compañero argentino del trabajo, que nunca recuerdo como se llama, y Gustavo por otro compañero, pero este, del otro lado del Rio de la Plata.

Asociación de ideas.

Sabía que tenía mamada asegurada, pues es lo que me toca en cuanto me ve.
Me amorra al pilón, mientras me pezonea.
Entre el calentón acumulado, el vapor de la sauna húmeda, que es donde me lo encontré y me dispuse a comer el último plátano de la tarde, el toque de pezones y la banana en cuestión, unido a mi premura por irme, me corrí en un santiamén.

- Uff, lo siento, me estoy mareando,- le dije, mientras salía casi por patas.

Me supo mal dejarle tan a punto y escapar.
Luego, en el vestuario, me disculpe.