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26 de noviembre de 2015

¿Quieres ser mi hembrita?




- ¡Que raro!- pensé.

Que poca gente para ser principios de mes y además dia de la crisis, que es más barata la entrada.
En parte ya me iba bien, pues mi intención era la de mostrarme contenido, pues no iba con el empeño de comer pollas a destajo, algo que llevaba consiguiendo ya una buena temporada.

Tras cambiarme y ponerme los nuevos paños morados, que aunque algunos digan que destiñen y te deja el culo rosa, cosa que no he podido corroborar de momento, me parecía todo un acierto y al menos daban la sensación de nuevos, me lubriqué el ojete del culo y me fuí a dar el primer paseo de rigor.

Y ya al intentar entrar en el cuarto oscuro, tras la primera revuelta, una pared de carne me impidió seguir.
No veía todavía nada, por lo que no sabía precisar si sólo era un embotellamiento, como los que a veces se producen en los pasos estrechos, y más allá no había nadie, o si realmente estaba todo lleno de cuerpos libidinosos.

Sólo sentía gemidos en primera linea, y al intentar pasar entre la masa de gente, para dejar a estos a su rollo e ir yo más allá a ver, o mejor dicho, sentir lo que se cocía,  recibí un manotazo, que fuera de quien fuera y pensara lo que pensase, a ciencia cierta que se trataba, por su actitud, de algún gilipollas.
Me dí la vuelta y me fuí.

- A tomar por culo!- pensé. Porque no le había visto la cara y no sabía quien era, pero de saberlo, que no me viniera luego con tontadas para que le mamara la polla, como otros hacen, que primero te desprecian ya sólo con la mirada sin ni siquiera tú haber dado muestra de interés por el personaje en cuestión, y cuando no se han comido un rosco, vienen detrás de uno.
Anda ya !, y que lo mame su puta madre.

Me subí a la play room, y allí un tipo de cuerpo delgado, estirado boca abajo sobre la colchoneta del camastro, era acariciado por otro, que suave y delicadamente paseaba su mano por la espalda, nalgas y piernas del tumbado.
Otros dos tipos observaban la escena. Un oriental, que lo primero que pensé fue que era japonés y un grandullón, del cuál solo me fijé en sus dimensiones.

Me acerqué a mirar a la suficiente distancia para que los observadores pudieran pasar a una hipotética acción conmigo, si así lo deseaban.
Y en segundos tenia al grandullón acariciándome el culo y acariciando mi nuca con su aliento, a la par que desde atrás comenzaba a juguetear con mis tetillas.

El japo, todo resuelto, decidió intervenir acariciando y pezoneando, sin ningún tipo del tradicional recato que se les supone, cosa que me sorprendió enormemente.

Cerré los ojos, relajé mi cabeza inclinándola ligeramente hacia atrás, apoyándola sobre los pectorales del grandullón.
Cuando al cabo de unos segundos los volví a abrir, el que acariciaba al tumbado se había unido al grupo del japo y grandullón, y varios tipos, a cierta distancia, observaban, por mera distracción, morbo o esperando tomar una decisión y tomar partida.

-¿Vamos a una cabina?- me sorprendió por segunda vez al decirme el japo en un claro y perfecto castellano.

Meneé la cabeza en sentido negativo, por lo de siempre, pero apenas tuvo que insistir una segunda para que yo accediera.

Dos palabras más camino de la cabina, me dí cuenta que ni era "japo" ni oriental en sentido estricto.
Si de raza, pero no de nacionalidad.
Era un nikkei, un nipo-peruano, descendiente de la inmigración japonesa al Perú.

Estuvimos de pie, tonteando un rato, acariciándonos, besándonos, sin faltar una chupadita de polla por mi parte y una minimamada por la suya.

-¿Siempre eres tan dulce?- me preguntó mientras nos tumbábamos.
- Supongo que sí - le respondí, dudando de mi respuesta.

Seguimos tonteando, entre una batería de preguntas, en el que básicamente el entrevistado era yo.
-¿Como te llamas?, ¿Vives aqui?, ¿Tienes pareja?, bla, bla, bla...

- Bueno!, exclamó de repente, quedándome yo a la expectativa de lo que fuera a soltar a continuación.
- Es hora de follar !.Ponte boca abajo!.

Sonreí y así lo hice.

- Eres estrecho!, dijo sorprendido.
- Pues si.
- Y eso?.
- Cosas que pasan. O más bien que no suelen pasar -, pensé.

Cuando estoy mucho tiempo sin que me follen, los esfínteres anales vuelven a su elasticidad habitual, que es más bien poca.
Cuando hay cierta regularidad, suelo ser más follable.

Por suerte en aquella ocasión, el tipo tenía una polla delgada y tirando a pequeña, con la cual, a pesar de mis limitaciones, no le costó nada entrar y comenzar a echar cuatro polvos, aunque tras ellos, quiso que me diera la vuelta boca arriba.

- Así entra mejor- comentó.
No le faltaba razón.

Cuatro embesticas más tarde, y sin por ello detenerse, me preguntó:

- ¿Quieres ser mi hembrita?-.
- Me gustaría tener un culo fijo al que follar. Y podríamos quedar habitualmente en algún sitio -.

No hace falta decir que la idea, aún sólo el hecho de pensar en ello, me entonó y puso de un calentorro subido. Siempre me ha seducido ser la "putita", "perro","esclavo", o "sumiso" de alguien en el sentido de ser su objeto sexual usado a su placer y antojo, con las connotaciones, limitaciones o condiciones que pueda llevar cada término.
De hecho, aunque parcial y limitadamente en el tiempo, ha llegado a ser una fantasía conseguida.
Actualmente resta como un morbo latente.

Pero estaba seguro que me lo decía simplemente para ponerme cachondo.

- Ya veremos -, le contesté. Apenas te conozco todavía.

Y a pesar de mi respuesta, usé la idea para calentarle a él y hacer un poco de teatro.
- Macho, machote, fóllame el chocho como a una puta, tu puta- bla, bla... y estas cosas que se dicen.
- Te gusta, eh?, sigue, sigue, macho mío...-

Evidentemente fue cuestión de minutos que acabara corriéndose.
Yo no quise, y me contuve a pesar de lo perra que estaba.
No hacía nada que había llegado y aún quedaba tarde por delante.

- Eres mi segundo- me dice cuando ya estaba listo para marcharse.
- Tu segundo qué?- pregunté.
- Con el que estoy hoy, llevó aquí un par de horas, y con el primero casi me peleo.
- Que pereza !, pensé.

Me fuí a duchar.
Y a ver que me deparaba el resto de la tarde.

( Junio 2015 )

12 de noviembre de 2015

Sexo en el parking ( 2ª parte )




(Continuación)

Eran ya las 17.00 p.m. Ni un minuto más, ni un minuto menos. La hora exacta.
Una moto se divisaba a lo lejos, pero no se podía apreciar ni modelo ni color, ni la trayectoria que iba a tomar.

Sería él ?

En cuestión de segundos lo sabría.

Al llegar a mi altura, el conductor viró la moto hacia donde yo estaba y se detuvo.
Abrió con el mando a distancia la puerta de entrada, ladeo su cabeza para mirarme e hizo una pequeña y casi imperceptible señal para ojos ajenos con su mano, para que le siguiera.

El casco impedía ver su cara, que aún de verla no la reconocería ya que en ningún momento nos intercambiamos foto alguna.
Sólo se apreciaba una buena y masculina pierna, gracias a los pantalones cortos que llevaba.

Comenzó a descender por la rampa del parking y yo me apresuré a seguirle, desviándome hacia los lavabos según las indicaciones que me había dado unos días antes por email, mientras él aparcaba.

Entré en el lavabo y encendí la luz.

Dos bombillas encendidas, yo frente a la pica y espejo del lavabo, mi respiración acelerada por los nervios y los ruidos propios de un motorista aparcando su moto, eran la realidad que configuraba aquel presente.
Un súbito silencio apenas roto por unos solitarios pasos en un parking vacio y el tintineo de unas llaves indicaban que el momento y el tipo en cuestión se acercaba.

- Hola - dijo escuetamente, apagando de inmediato una de las dos luces y cerrando la puerta con el pestillo nada más entrar.
- Hola - respondí, un poco temerosamente ante aquel hombretón que me sacaba más de un palmo de altura.

Enseguida nuestras manos fueron directas a los respectivos paquetes, como señal de reconocimiento que eramos nosotros. Lo normal hubiera sido darnos nuestros nombres.
Se adivinaba un buen pollón, como en alguna ocasión me había comentado.

Comencé a descamisarlo en búsqueda de sus pezones, y cuando mi mano volvió en busqueda del paquete abandonado, se encontró con que el pollón ya campaba a sus anchas, libremente.

El muchacho no había perdido el rato y mientras me entretenía yo con los botones de la camisa, el liberaba su pollón achampiñonado.

Boca para que te quiero!, me lancé sin pensármelo dos veces sobre aquel fresón de verano que lujuriosamente se me ofrecía.

Tenía un buen gusto, rico y dulzón, que a pesar de su tamaño, entraba bien en la boca.
Aunque me asaltó el temor que me quisiera follar.
Una cosa es mamar una polla gordota y otra bien diferente es que la misma entre con facilidad por el ojete.
De por sí soy estrecho, y aunque iba bien equipado con lubricante y poppers, la relajación de uno para el momento y la habilidad del follador son fundamentales para todo buen fin, entendiendo como tal, follar sin dolor y con comodidad.
Relajado no estaba y la habilidad del muchacho para tal menester la ignoraba.

-Toma- dijo, mientras me daba un pequeño tubo de lo que parecía una crema.
-¿Que es?- pregunté, pensando que se trataba de lubricante, y a la par que lo habría para olfatearlo.

Percibí un fuerte olor a menta.

Exactamente no lo sé, creo que un gel estimulante para polla- respondió. Me lo dieron el otro día y aún no lo he probado.

- Supongo que será comestible -, comenté.
Y con lo que tarde en decirlo, le unté el pollón y me lancé a mamar para confirmarlo.

Rica combinación de fresón a la menta.

Al tío se le veía realmente excitado.

Cuando quieras correrte, házlo. Tú, a tu rollo - sentenció.
A mi me parecía excesivamente pronto, apenas había tanteado sus pezones y dado dos churrupaditas a su cipote,  pero le contesté lo mismo: Tú también, cuando quieras.

Mamé y me entretuve jugueteando con los pezones de aquel peludo pecho apenas unos minutos cuando me dijo que ya quería correrse.

-¿Ya?!!!- pensé.
Pero fue un “vale!” lo que salió de mi boca.

Y en dos manobrias se corrió sobre mí.
Bien !.

Mientras se lavaba las manos, yo me limpiaba de la urgente y cálida corrida con la que me había levemente refrescado.

Nos despedimos en el lavabo.
Él saldría, encendería la moto y se marcharía.
El ruido de la puerta del garaje al abrirse para él salir al exterior me daría la señal para salir yo del lavabo y marcharme, tal cual, por donde entré.

Hacerlo de esta manera formaba parte del como tenía que ser el encuentro.

Todo ocurrió en apenas 15 minutos.
Un poquillo más si cuento el rato que llegué antes.

A pesar de que el encuentro fuera tan breve, apenas una metida de mano, toqueteo y mamada, y corrida por su parte, guardo un muy buen recuerdo de aquel encuentro, por ese toque casi clandestino, de anonimato y, fugacidad.




5 de noviembre de 2015

Sexo en el parking ( 1ª parte )





Era finales de mayo del 2013 cuando recibí su primer correo, un sencillo y breve email en que comentaba que era seguidor de mi blog desde hacía un tiempo, que le gustaba y quería decirmelo.

Desde ese momento, y durante los dos meses siguientes hubo un fluir de mísivas en ambas direcciones, en las que nos fuimos conociendo a través de contarnos nuestras inquietudes, experiencias y fantasías, así como de algunas circunstancias laborales y familiares, en algunos puntos compartidas, que impedían cualquier posible encuentro ni tan sólo para un simple café.

Lo curioso fue que no se inicio con el típico lenguaje y desarrollo de los chats, con intercambio de medidas y formas, y las cansinas preguntas del ¿de donde?, ¿que te gusta?, etc... útiles para un polvo rápido, no lo voy a negar, sino con una conversación fresca, nada forzada, fluida, con el único inconveniente de los "tempos" propios, que marcaban que cada uno contestaba al otro cuando podía.

Llegó un día que me sugirió la idea de quedar en un parking cercano a la Estació del Nord de Barcelona.
Como acepté, pues la idea me daba bastante morbo, aquel fin de semana anterior me envió las instrucciones.

 " ok!...te comento... el miércoles a las 17:00 en el parking de calle (...).
yo entro con una vespa (...) y tu aprovechas la puerta abierta para entrar. El lavabo está justo debajo de la rampa, en la primera planta. Es fácil. Hay dos lavabos, tu te metes en el primero y me esperas a que vuelva de aparcar la moto.
Luego, para salir del parking no hace falta llave, se puede usar la puerta de peatones, por el mismo sitio por donde se entra.
(...) es discreto y también me interesa que nosostros lo seamos.
que te parece? alguna duda?"

Y llegó el día, el susodicho miércoles, pero mi grado de incertidumbre era total.
En los tres últimos días, y ni siquiera en el transcurso del día, que era lo que realmente me preocupaba no había recibido ningún mensaje de confirmación a la cita.
Y eso que muy a primera hora del día le había enviado un email para ello.

Me había adecentado y preparado para la ocasión. Llevaba condones por si le apetecía follar, crema lubricante para facilitar la labor, poppers por lo si lo de polla gordota era cierto, y mi culo no respondía como debiera, y agua y toallitas limpiadoras caso que no hubiera en el lavabo del garaje, pues caí en la cuenta que quedar a las 5 de la tarde en pleno agosto en un parking subterráneo de la ciudad para estimular la líbido y bajas pasiones resultaba un tanto atrevido por el sofocante calor que podríamos llegar a pasar.
Sólo pensarlo me entraba el ahogo.

Diez minutos antes había pasado por delante para asegurarme del lugar concreto que ya había visualizado días antes vía streetwiev, y no había nadie. Una tienda y otro garaje contiguo, ambos cerrados.
A los cinco minutos volví, y no tanto el decorado, que seguía siendo el mismo, sino los extras, ya habían ocupado su lugar, como en una escena de película a punto de rodar.

El momento me estaba resultando muy peliculero.

Poco antes de llegar, una mujer joven se me acercó y me preguntó muy lentamente, haciendo hincapié en cada una de las palabras, como si no fuera a entenderla o que en aquellas palabras hubiera un mensaje cifrado: Me puedes dejar un euro para llamar por teléfono?.

Justo doblando la última esquina, una ancianita también se me acercó para preguntarme la hora.
- Las cinco menos cinco, señora,- le contesté.
- Ay, que bien, joven -, respondió,- en cinco minutos y abren la tienda-.
No es muy frecuente que alguien me pare por la calle, y más teniendo en cuenta lo poco concurrido de ese tramo y a esas horas, pero dos personas en menos de cinco minutos, resultaba muy extraño.

Allí, frente al parking, una inoportuna familia de extranjeros parecían darse cuenta que estaban en el sitio equivocado. De estar parados boquiabiertos contemplando vete a saber qué, a salir raudos del lugar, como si les hubieran avisado por megafonía: "Despejen la zona, por favor, se va a rodar".

Solo quedaban dos extras, una mujer anodinamente vestida de gris, inmóvil junto a la caseta de la Once, mirando en dirección opuesta al parking, y un señor, que con su escoba y pala, iba recogiendo los pocos papeles y más hojas secas que iban y venían delante de la puerta del parking y de la tienda adyacente.
Recogía un par de hojas, y las llevaba a la papelera. Volvía, y recogía otro par.Y así estuvo todo el rato.

Sólo faltaba alguien vigilando, con gabardina, sombrero, gafas oscuras y simulando leer un periódico en el bar de la esquina.
Pero no había bar, y el tiempo no estaba para gabardinas.

Eran ya las 17.00 p.m. Ni un minuto más, ni un minuto menos.
Una moto se divisaba a lo lejos, pero no se podía apreciar ni modelo ni color, ni la trayectoria que iba a tomar.

Sería él ?

(Continuará)