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28 de septiembre de 2016

Sauna Apolo Cabaret, y los primeros roces.






Hacía un par de horas que había llegado e instalado en una modesta pensión de la ciudad.
Y efectivamente, el tiempo no estaba para ser aprovechado para disfrutar de un rato de playa, ya que tal como habían indicado las previsiones meteorológicas estaba muy nublado y amenazaba lluvia.
Así que seguí el plan establecido que era visitar una de las saunas de la ciudad.

Aunque en estos días tenía la posibilidad e intención de visitarlas todas al menos una vez, había que elegir una de las tres para empezar, y opté por la Apolo, (Apolo Sauna Cabaret, para eser exacto), básicamente por ser la más lejana de donde tenía mi lugar de hospedaje, y ya de paso visitaba algo del lugar.
Con el objetivo también de descubrir los accesos a la playa , comprobar su ....  decidí llegar a la sauna paseando por el paseo marítimo, y al llegar a la altura donde se hallaba, desviarme hacia el interior.
No resultó nada difícil dar con ella ya que está bien señalizada.
Una rampa hacia abajo, tocar el timbre de acceso, pagar 8 euros por la entrada, entrega de toallas, zapatillas y llave y ya estaba dentro.

- ¿No serán esas las taquillas?- pregunté sorprendido al chaval, señalando unas taquillas no mucho más grandes que un apartado de correos.
Por ubicación y tamaño sabía que no podía, pero no pude evitar de preguntarlo.
- Ja, ja, pero sí ahí no te cabe ni la mochila que llevas- me contestó, pero sin aclararse para que leches servían aquellos casilleros cerrados.
Me abrió la puerta y me señalo los vestuarios.

Y la verdad es que la sauna daba fe a como se publicitaba, cosa que en muchas ocasiones no siempre cuadra con la realidad con la que uno se encuentra.

Realmente es un sauna grande, en dos niveles, limpia, muy espaciosa, que huele todo a nuevo.
La planta principal, por la que se tiene acceso, se podría decir que se divide en dos partes.
A la izquierda de la puerta de entrada se llega por un pasillo a las duchas, al bar y de ahí a una sala luminosa, con luz externa, para fumadores y lectores, y a las saunas seca y de vapor frente por frente y al final del pasillo al jacuzzi.
A la derecha de la puerta de entrada se inicia un largo pasillo de recorrido circular, o sea que si uno lo sigue acaba luego donde empezó.
En la parte central del recorrido se encuentran los amplios vestuarios, con sus taquillas, banquetas y espejos para mirarse lo guapo o desastroso que uno va, y unas cabinas.
Y en la parte externa se encuentra a lo largo del ancho pasillo, diversas cabinas señaladas como suites, que me imagino que deben de tener algo especial y si uno quiere usarlas deben de tener un precio aparte del de la entrada, cosa que no llegué a preguntar, una salita de juegos con sling, jaula, silla y cruz de S. Andrés, una salita con 5 cabinas con gloryholes, un minicine, alguna habitación oscura y cabinas, y el acceso a la planta inferior, que no deja de ser un simple pero gran cuarto oscuro, con sus recovecos, al final de un ancho pasillo que parece el de una planta de hotel, aunque con sus puertas inhabilitadas.

No tengo nada que reprobar al local, sinceramente, aunque particularmente me gustan más los locales un tanto más añejos y con solera, incluso con toque cutre, grandes o pequeños da igual, pero menos espaciosos, e inviten más al roce.

De gente había más de lo que me esperaba para ser un martes por la tarde.
Durante el rato que estuve, con cierta renovación se fue manteniendo entre los 12-15 personas, de entre veintitantos a cincuenta y pocos años, extranjeros y locales, y lo poco que se arrejuntaban parecía que lo hacían más por afinidades lingüisticas que por atracción sexual.

Entre algunas miradas de curiosidad, no me atrevería a decir que con alguna intencionalidad concreta, y otras indiferentes, me estuve paseando largo rato por el local hasta que mis ojos se acostumbraron y a tomar buena nota de la distribución y servicios.

Cuando decidí descansar, la primera duchita fue nada más entrar, fue para meterme en el jacuzzi, ocupado ya por tres tíos que se mantenían equidistantes entre y sin hacer nada entre ellos, aparentemente, pues otra cosa es lo que pase bajo el agua.

Nada más irse uno, tal vez el más disonante, apareció otro, alto, joven, buen ver, con gafas, bigotillo y pollón, que se metió en el jacuzzi con unas miradas y sonrisas a los dos restantes que daba que pensar que, al menos, se conocían.
Uno de ellos se resituó, colocándose de manera que el nuevo quedaba en medio, y comenzando una serie de muy discretos, aunque evidentes toqueteos.
Finalmente, tras unos minutos, el que se había resituado, se levantó y de pie quedó delante del nuevo.
Y comenzaron los tres a darse el lote de manoseos y besuqueos.
Todo ello a poco más de treinta centímetros de mis narices.
Con inclinarme un poco hacia adelante y sacar la lengua podría haberle lamido la espalda al más cercano.

Estuve unos minutos mirando plácidamente, y por si me invitaban con una señal a unirmee a ellos.
Pero iban totalmente a su bola.
Bueno, resignación.
Cuando salí y me fui a ducharme, comenzaron a hablar entre sí de sus cosas, mientras seguian a lo suyo.

Rato más tarde volví a pasar.
Tenían varios mirones, y el que estaba de pie era mamado ya por el nuevo.

Me fui a tomar una cerveza, Amstel para ser preciso, que me sirvió un camarero la mar de servicial y simpático, como el de la entrada.
Ojeé la revista shangay mientras apuraba la birra y cuando acabe con ambas, volteé un rato.

Me meti en uno de los cuartitos con glory holes y enseguida uno, que me debió ver cuando entraba, se metió en el contiguo.
Para mi disgusto, le tuve que dar de mamar si algo quería, pero la cosa fue bastante breve, un par de minutos o tres, y realmente mamada poco satisfactoria pues casi ni lo sentía.

En un intento posterior ocurrió exactamente lo mismo en tanto que, nada mas entrar yo, se metió uno, pero esta vez no pensaba sacar yo la polla,
Y no la saqué, pero tampoco mamé.

Volví al jacuzzi y allí habían dos tíos sin hacer nada más que relajarse entre las burbujas, que al fin y al cabo, es lo propio de hacer ahí.

Poco tardó en aparecer un tipo de aspecto inglés, y con este, por la cercanía en la que se dispuso, comencé un toqueteo de piernas y pies muy discreto, que paso al pezón, y más tarde a su polla, normal, de huevos pelados con cockring.
Duro el baile un buen rato, pero se quedo en eso.
También el tocaba, cierto, si bien sólo de tanto en tanto la pierna, y en un par de ocasiones, mi hambriento cipote.
Cuando se fue, más relajado que cuando se introdujo entre las burbujas, vino un buen ejemplar de macho osote ibérico, con el que tuve también un baile de toqueteo de piernas y pies, y con estos, también alcance su pollote.
Pero todo más en la distancia, que bien podría haberse reducido, de haber por alguna parte querido.
Como ví que la cosa no acaba de prosperar mucho, y ya cansado de estar alli, tanto del jacuzzi como de la sauna decidi marcharme.

En total, estuve como mucho hora y media.
No más de lo habitual en mi.

La tarde había sido muy ligera.
Tal vez excesivamente, y no sabía si eso era mal presagio de los días venideros.

La pronosticada lluvia me pilló de camino de regreso al hostal,

Y yo sin paraguas.



25 de septiembre de 2016

Torremolinos 1997, el comienzo del viaje





Casi 20 años han pasado desde que me dejara caer durante apenas 2 días, por primera vez por Torremolinos.
Un lugar de destino, en principio, totalmente ajeno y extraño para mí en lo que era mi rutina de vacaciones habitual por la época, que iba a lugares muy exóticos para aquellos años y hoy son de lo más común para la mayoría de gente que viaja actualmente.
Sin embargo, aquel año de 1997, diversas circunstancias me llevaron a emplear mis días de vacaciones a diversas localidades de la geografía peninsular, en una ruta que me llevaría a València, Alacant, Donosti, Madrid, Torremolinos y Granada.

Un viaje que más que visitar las ciudades era, principalmente para conocer a un puñado de amigos que había hecho durante ese año por los emergentes chats de la red, en una época que casi nadie tenía internet y menos aún, a casi nadie les sonaba nada de todo eso.

La segunda motivación del viaje tenía un fuerte componente iniciático.

Y es que fue en ese año que se podría considerar que fue mi nacimiento de perro/perrete bcn, si bien en esos momentos no era consciente de ello (nadie lo es hasta que pasa un tiempo), ni tampoco me daba a conocer con este nombre.

En febrero nacía al ciberespacio, en mayo me separaba de mi hasta entonces pareja, en junio tenía mis primeras cenas/quedadas y citas, y comenzaba a descubrir, al menos en modo teórico un sinfin de parafilias, la cual más morbosa y atrayente, más allá del casi exclusivamente acariciar/besar/chupar/follar siempre en la cama de una relación vainilla.
Sí es cierto que, con anterioridad, había tenido alguna escapada al Arenas o a la Sauna Thermas, la Condal o la Bruc de entonces, pero pocas veces y siempre muy tímido, casto y recatado.

Descubrí mi lado sumiso (el pasivo ya me lo conocía),  y hasta cierto punto masoca, que no tienen por ir relacionado, y comencé a informarme, a hablar y contactar con gente entendida en la materia.
Y tras mucho hablar, así llegué a tener mi tres primeras sesiones bedesemeras en toda regla.
La primera con un Amo de Terrassa en fecha inolvidable, el día anterior en que murió Lady Di, y con el cual tuve alguna que otra sesiones mucho más ligeras semanas más tarde. Acabó derivando en amistad.
La segunda sesión, tal vez más sensual que sexual, y sobre todo sofisticada, fue con un Amo de Madrid, a casi a finales de septiembre, y acabando esa misma semana, la que sería mi tercera sesión, con otro Amo, aprendiz del de Madrid al que se sometía como sumiso, esta vez en Torremolinos.

De este último, fue con el que llegué a hablar más extensamente al punto que me llegó a facilitar todo un completísimo test que leí y rellené tanto para conocerme a mí mismo, sobre gustos, prácticas, fetiches, experiencias, en mis limitaciones teóricas y prácticas, así como la reacción que tenía ante cada una y mi disposición a superarlas o no.

Tras quedar la primera tarde del día de mi llegada en un bar cercano a La Nogalera, conocernos y tomar un café, me llevó en su coche hasta la mazmorra que tenía instalada en la buhardilla de su casa.
Allí tuvo lugar, durante dos o tres horas, una sesión de castigo de pezones, azotes, fusta, adoración de botas, pies, polla, lluvia dorada y seguramente alguna cosa más que la memoria en casi veinte años se ha encargado de borrar, a falta de recuerdo gráfico ni escrito.
Pero si la recuerdo como una sesión muy dura, de pura resistencia, de la cual salí exitoso y orgulloso.

- Tienes madera de esclavo, chaval - aseveró, sin dudar, usando casi las mismas palabras que días antes el Amo de Madrid dijo cuando dió por acabada la sesión.
Palabras que se marcaron a fuego en mi interior, confirmando y certificando por maestros que aquello que intuía, sentía, ilusionaba, pero incluso a veces temía, era cierto.
Que los avatares, experiencias y circunstancias de la vida me llevaran a un camino de experimentación u otros era algo que solo el propio destino sabía.

Por de pronto, acabada la sesión, me invitó a comer pescaíto frito y a tomar unas cervezas a un chiringuito de Benalmádena.

De regreso me dejó junto a La Nogalera, el punto de encuentro, dándome algún nombre de un par de locales a los que podía ir.

Me metí en uno llamado Men's, me pedí un cubata y allí en la barra estuve mirando en una de las televisiones una de las primeras actuaciones de una incipiente estrella de la canción en España, de éxito ya en México, de la que ya un par de meses antes supe de ella, y que al poco sería conocida como La pantera de Figueres, Mónica Naranjo.

Entender el amor: " Sal de tí mismo y explora el abismo, Que al fondo se enciende una luz...", era la letra que sonaba.
Pocas veces resulta la letra de una canción tan acertada, para el instante preciso de un momento concreto.

Cogí mi vaso de tubo y me dirigí a la zona de cruising y cuarto oscuro que había bajando las escaleras.
No me dió tiempo a comprobar nada de la zona, ni palpar nada ni acostumbrarme a la penumbra imperante.
Unas manos me cogieron, me llevaron y metieron directamente en un jaula, encerrándome con mi captor.
Por la voz era un tío joven, que sobaba y besaba como los ángeles.

No tardamos en pasar a mayores.
Dejé el vaso, nos quitamos las camisetas que quedaron tiradas en el suelo, nos bajamos los pantalones y comenzamos una suerte de mutuas e intensas mamadas.
El calor resultaba asfixiante, pero quedaba ligeramente compensado por cálidas gotas de condensación que nos iba cayendo sobre el cuerpo, a la par que refrescándonos, estremeciéndonos con cada impacto por sorpresa que recibíamos.
El desenfreno fue total, y el chaval acabó follándome el culo largo y tendido, mientras que desde la jaula continúa asomaban para palpar algunas manos tan curiosas como lujuriosas.
Una noche nunca olvidada.

Nuestra particular orgía se acabó con la apertura de luces al cierre del local.
Fue cuando comprobé realmente que se trataba de un chaval que rondaba los veintipocos años, un poco más joven que yo, que venía desde Motril, donde trabajaba, a pasar la noche del sábado de fiesta.

Me quedé con él a esperar el autobús, y luego me fuí yo para la pensión.
Aquel día había resultado de equilibrio perfecto, una tarde de bdsm y sexo duro y una noche tórrida de sexo convencional, aunque el lugar pudiera no parecer el apropiado.

Poco más recuerdo de aquellos dos días en Torremolinos.
Las lluvias otoñales luchaban por imponerse a los últimos días cálidos del verano, en un ciclo sin fin.
No pude ni ver, ni siquiera asomarme a la playa, y una salida a la capital resultó triste y tan gris como el tiempo.

Y ahora volvía, casi 20 años después.
Esta vez no me esperaba nadie.
Ni siquiera un ciberAmo de sesiones puntuales que también hace unos pocos años tuve por un breve tiempo de Torremolinos, y que se mudó de ciudad.
Podría haberlo contactado, pero después de siete años de no saber nada el uno del otro, no hubiera procedido. No sé. Pero se me ocurrió tarde.
Sí hice el intento de quedar con un admirado Amo madrileño que se pasa de tanto en tanto por Málaga, por si coincidía en esos días conmigo, pero con el casto propósito de cervecear un rato y conocerlo.
Pero tampoco pudo ser.

Tenía claro que me esperaban unos días de sol, playa, lectura y relax.
Sexo también, que buscaría en un puñado de locales elegidos a priori según alguna recopilación de información, y cuya cantidad y calidad estaba por ver.
Si me decidiese por algún otro sería por recomendación 'in situ' de algún visitante o lugareño.

Retornaría al Men's a ver si algo había cambiado y si tenía un improbale reencuentro con el motrileño, y visitaría el Free Eagle, el Qüero (sex & fetish bar), The Factory Leather Gay Bar y el Querell Cruising Club.

Habría también un tiempo de tardes para visitar las saunas locales: La Apolo Sauna Cabaret, la Terma Sauna Miguel y la Sauna Atlas.

¿Sería este un nuevo punto de inflexión o de un nuevo nacimiento?.
¿Tendría experiencias nuevas, más allá de las consabidas mamadas y algún que otro folleteo?.
¿Conseguiría un equilibrio entre socializar un poco con la gente y directamente perrear?.

Todo estaba por ocurrir.



2 de septiembre de 2016

Bukkake inesperado, o casi.




Empezar con una deliciosa polla, de tamaño medio, gordita pero sabrosa en el cuarto de vapor en plan suave, tranquilo, relajado, acogedor y sin malos rollos no tiene precio.
Sobretodo después de las minivacaciones de sauna que me habia tomado, sustituyendo esta por varias visitas a otros locales, como el sexshop Zeus, la sauna Condal o el Erotixx.
Tocaba volver y resultó un comienzo muy agradable.
La comida, que estaba resultando exquisita, se aderezó con algún tímido tocamiento de terceros, que ni de lejos se preveía que pudiera derivar en presunto folleteo.
En esa placidez, me senté en el banco de obra, y continué con la mamada hasta que el buen hombre se corrió sobre mi barba.
Una corrida no muy abundante, todo hay que decirlo, pero en suficiente cantidad como para percibir ese tacto cremoso sobre la piel.

Al cambiarme de sala, opté por ir directamente a la Big Sex Room.
No me apetecía ponerme a dar vueltas y vueltas. Estaba tranquilo y relajado, y no deseaba alterarme demasiado.
No había mucha gente y muy poca acción, apenas la de un par de tíos.
Por aquello de no molestar, me tumbé boca arriba, en la gran cama en el lado opuesto donde dos osos grandotes se estaban merendando.
O más bien, el uno tumbado le devoraba el culo al que tenía casi sentado encima suyo.

Y por suerte no tardó un morlaco de pollón tremendo, que se acercó hacia donde tenía posicionada la cabeza, para comenzar de pie a follarme la boca durante mucho, mucho rato.
El par de cojones, a juego con el cipotón, rebotaban rítmicamente sobre mis ojos al son de cada mete y saca.
En una de las pausas, en las que simplemente reclinándose encima mío se dejaba mamar, y los huevos se mantenían relajados, vi como por detrás se acercaba otro tipo, aparentemente con intención de follar a la bestia.
Pero nada más lejos de la realidad, ya que lo que pretendía era darme también de mamar desde tan forzada posición, cosa que por un breve momento pude hacer al estirar y tirar aún más para atrás la nuca, desatendiendo con ello al muchachote que aún tenía encima.
Pero tuvo que desistir de su empeño, cuando este recuperó la compostura y se irguió de nuevo.

De tanto en tanto, podía ver como uno, que a la par que me toquetea los pezones, si iba pajeando.
Y de tanto darle al manubrio acabó echando una buena lechada que se desparramó sobre mi cuello.
El morlaco, excitado como estaba dándole a la zambomba, y al ver el surtidor chorreante del otro, entre sonoros jadeos se corrió abundante e intensamente sobre mi pecho.
Segundos después era yo el que se vaciaba también en la misma abundancia, pringándome hasta las cejas.
Obviamente es un decir, pero no se alejaba mucho de la realidad.

Una cuarta corrida, más discreta, cayó en una de mis piernas, si bien no pude comprobar de quien era, pues seguía con la mole de carne sobre mí, impidiéndome la visión.

Cuando salió de encima, tras escurrirse bien las últtimas gotas del cipote, ví como quedaban aún tres tíos a mi lado, haciendo sus manualidades.
Tal vez la minicorrida última fuera de uno de ellos, pero no me quedé a comprobar, ya que no estaba más por la labor.
Alguno pretendió algo mientras me peleaba con el amasijo de toalla y paño que tenía, intentando secarme un poco, taparme para irme y buscando las zapatillas.

Por dentro me había  quedado absolutamente seco de la corrida.
Por fuera estaba bien pringado de las cuatro lechadas.

Dicen que la leche de burra y camella rejuvenece la piel.
A ver si la de macho humano también.

Al menos aquel día resultó ser... la leche :-)