El gran Turco

 



Había ido hacia un par de días a comprar preservativos y gel lubricante.

El dependiente, un poco serio, o tal vez sieso, aunque amable no parecía tener mucho conocimientos de la mercancía que tenia en cuanto a condones se refería.

Pero esta vez el dependiente era otro,

Un tipo gordote, calvo, con barbita y mostacho, serio, mirada penetrante y profunda, que repanchigado sobre su asiento parecía el comerciante de un bazar turco, si bien la tienda de turca poco tenía.

Me atendió sin mucho ánimo aparente y con lentos movimientos cuando tuvo que moverse para buscar el cambio de la entrada. A saber siete euros.

Después de varias putivueltas por el local, vi como uno de los clientes abría una de las pequeñas taquillas que habían en el interior de la zona de cruising.

Sali a preguntar al "turco".

-¿Para coger una taquilla?

- ¿Quieres una taquilla?, pues te doy la llave - me dice.

- Ah, pues muchas gracias

- Pero la llave me la tienes que devolver, sino voy yo a buscarte. ¿Quieres que te vaya a buscar? - me preguntó

Lo primero que pensé fue que, una vez puestas mis cosas que quería en la taquilla había que devolverle la llave, y luego cuando me fuera pedírsela para poder abrir. Pero me parecía un tanto absurdo.

Luego pensé que me estaba tirando los tejos.

No te digo que no, le contesté, sin saber muy bien que estaba contestando realmente.

-¿Pero la llave... ? - dejé en suspenso la pregunta.

- Me la devuelves al final - respondió.

Y volví a dentro, dejé el móvil, la cartera y las gafas de sol.

Al poco, un tiempo indeterminado, el tipo me aparece de repente al doblar una de las esquinas de los pasillos, impidiéndome claramente el paso, no tanto por deseo expreso de bloqueo, sino como resultado de su considerable volumen.

El tío imponía.

 - Hola... -me dice - a lo que seguidamente comienza muy suavemente a tocarme el pezón

Supe al respuesta a mi duda... ¡me había tirado los tejos!.

Me sentí como conejo cazado
Le correspondí con otro leve pezoneo y chupadita a la tetilla derecha, la más cercana.

Y nada más echarle mano al paquete, que no me dio tiempo a apreciar, sonó las campanillas de la puerta de entrada y tuvo que salir a atender al cliente.

Si hubiera sido el dueño del local, cosa que desconocía y sigo sin saber, no me habría parecido ni mal ni bien. Cada uno sabe lo que hace con su negocio. Pero no me hubiera parecido muy ético si hubiera sido un empleado. 

No es la primera vez que me pasa que me lío con el dueño, camarero, dependiente, encargado... 

(Ahora estoy haciendo memoria que creo que han sido cinco veces, y al menos, un par más he sido testigo que lo hacían con otros)  

Poco más tarde, después de aburrirme dando putivueltas como hámster en su rueda, me metí y senté en una de las cabinas, dejando la puerta bien abierta y los pantalones bajados. Allí volvió a aparecer.

-¿Tarde aburrida?, - me preguntó.

- ¡No!- le contesté, mintiendo como un cosaco. Voy haciendo (Mentira podrida)

Se quedó imperturbable en el quicio de la puerta, sin decir palabra, pero fundiéndome con su mirada de macho dominante.

Yo, que tenía la polla fuera e iba pajeándome mientras veía el video, no cesaba en mi pajeo ni apartaba la mirada de él.

No me miraba la polla, no. Me miraba fijamente a los ojos.

- Este tío me destroza como le dé por querer follarme - pensé.

Al final entró y se sacó la polla. Bien pequeña para mi alivio.

Pero en la primera churrupadita un intenso olor me echó para atrás. La polla estaba limpia, pero el olor del pubis era muy fuerte y desagradable para este hocico perruno tan sensible que tengo.

Intenté hacer de tripas corazón y seguí con la mamada, sin mucho entusiasmo.

Y me preguntaba a mí mismo. ¿Pero si tampoco le debo nada a este hombre? Yo he pagado mi entrada y él tampoco me ha regalado nada. Pensé... y mejor que haya sido así.

Otra vez las campanillas me salvaron.

- Me reclaman. Tengo que atender al cliente.

- Bien llegado - pensé.

La siguiente vez me pilló en medio de una mamada que le estaba haciendo a un tipo en medio del pasillo. Al único con el que, por cierto, me llegué a enrollar aquella tarde.

Esta vez se quedó en la distancia como espectador hasta que volvieron a sonar las campanillas.

Hubo un cuarto intento, en un cruce de pasillos. Ahí ya le dije claramente que no quería continuar, y que estaba esperando al tío al que antes se la estaba mamando, porque había salido a atender una llamada del móvil que le había sonado en plena faena. Cosa cierta.

Al día siguiente volví, pero se mantuvo en su sitio como un profesional.

(Julio 2022)





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